miércoles, 14 de octubre de 2026

Que hacer cuando no puedo cambiar las cosas

¿Qué hacer cuando las cosas no se pueden cambiar?

En la vida enfrentamos dos tipos de problemas: los que están bajo nuestro control y podemos cambiar, y los que están fuera de nuestra capacidad y no podemos cambiar. Saber distinguirlos es fundamental, porque la forma en que respondemos a lo segundo determina gran parte de nuestra paz y de nuestras relaciones.

Reacciones equivocadas ante lo que no podemos cambiar

1. Caer en la desesperación. Cuando un problema supera nuestras fuerzas, es fácil sentir frustración, impotencia y desesperanza. La Biblia nos advierte sobre este peligro: «¿Pensáis censurar palabras, y los discursos de un desesperado, que son como el viento?» (Job 6:26). Esa condición puede llevarnos a actitudes insensatas e irracionales.

2. Dejar que la amargura nos impida ver las bendiciones. Lamentarnos por lo que no podemos cambiar puede volverse tan intenso que nos impide disfrutar lo bueno que todavía tenemos. Nadie debe esperar solamente cosas buenas en todo. Aceptar que algunas cosas no salen como quisiéramos nos libera para valorar lo positivo que sigue presente.

3. Desquitarnos con quienes nos rodean. Cuando descargamos nuestra frustración sobre la familia, los amigos o los compañeros, lastimamos a personas que no tienen la culpa. Con el tiempo, esa actitud nos aleja de los demás.

4. Perder el interés en lo que es valioso. Algunos dejan de cuidar su matrimonio, a sus hijos, su familia o su trabajo por haber fracasado en una área. Los hijos no tienen por qué pagar las consecuencias de los problemas entre los adultos, y el trabajo bien hecho sigue siendo importante aun en medio de dificultades.

«No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa.» (Hebreos 10:35-36)

5. Vivir con enojo constante. El enojo permanente como respuesta a lo que no podemos modificar nos roba la esperanza de un futuro mejor y apaga la fe. Ese enojo sólo oscurece nuestro camino.

Qué sí podemos hacer

Dejar a Dios lo que es de Él, y a nosotros lo que es nuestro. Hay cosas que están únicamente en las manos de Dios. Intentar resolverlas por nuestra cuenta es querer ocupar un lugar que no nos corresponde. Por otro lado, sí debemos hacer lo que está a nuestro alcance y dentro de nuestra responsabilidad.

Discernir qué sí podemos cambiar y trabajar en ello. Podemos transformar nuestras reacciones, actitudes, formas de ser y hábitos. Esos son los cambios que sí están a nuestro alcance. En lugar de luchar contra lo imposible, conviene hacer una lista de lo que sí podemos mejorar y empezar a trabajar en ello con nuestro mejor esfuerzo.

Aislar el problema para que no afecte otras áreas de nuestra vida. Una dificultad en el trabajo o en las finanzas no debe convertirse en enojo o amargura dentro del hogar. Quien no sabe establecer límites entre las distintas áreas de su vida termina enredado en problemas mayores.

Mantener una actitud de fe. La fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1). Confiar en Dios nos fortalece mientras esperamos, y Él puede abrir puertas y dar nuevas oportunidades aun cuando el panorama parezca oscuro.

«Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma.» (Hebreos 10:39)

Una palabra final

Las situaciones que no podemos cambiar no deben convertirnos en personas amargadas o malas. Los cambios en nuestra vida siempre deben ser para bien: para mejorar nuestra persona y nunca para ser peores. Es una verdadera tentación endurecernos por las dificultades, pero podemos elegir otro camino. Que los problemas sirvan para hacer de nosotros personas más amorosas y sensibles con quienes nos rodean.

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