Lo que yo no quiero soltar
Reflexión sobre Los Obstáculos para el Quebrantamiento, Segunda Parte.
Hay áreas en tu vida donde el Señor no ha entrado todavía. No porque no haya intentado. Sino porque tú no lo has dejado.
Este estudio nos dice con una precisión que duele: precisamente las áreas donde queremos mantener el control absoluto son las que el Señor observa con mayor atención. No para castigarnos. Para sacarnos de ellas.
El yo como obstáculo
El segundo obstáculo que examina este estudio se llama "el yo", y merece detenerse en él.
Para algunos, el "yo" está anclado al poder. Al cargo. A la autoridad que otros reconocen. Para otros está tejido a la apariencia física, a la salud, a la energía del cuerpo. Y para otros más, el "yo" vive en los logros: en los títulos que acumularon, en la destreza intelectual que desarrollaron, en la capacidad de influir sobre quienes los rodean.
El punto no es que esas cosas sean malas. El punto es dónde descansa tu confianza cuando alguna de ellas falla.
El estudio plantea dos preguntas que funcionan como diagnóstico: ¿cuándo me siento bien conmigo mismo? y ¿cuándo me siento mal? Si la respuesta gira alrededor de lo externo, de lo que tienes, de cómo te ven, de lo que logras, entonces tu concepto de ti mismo no descansa en Dios. Descansa en circunstancias. Y las circunstancias no sostienen a nadie por mucho tiempo.
Exégesis: Juan 10:10
El estudio cita a Jesús en Juan 10:10 para anclar una verdad que a menudo se distorsiona en la experiencia del quebrantamiento.
"El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia."
El contexto de este versículo es la parábola del buen pastor. Jesús traza una línea clara entre quien entra por la puerta legítima y quien se cuela por otro lado. El ladrón no tiene otro propósito que el despojo. Jesús tiene uno contrario: la vida plena.
La exégesis importa aquí porque cuando el quebrantamiento llega, la primera tentación es invertir los papeles. Sientes que Dios te quita, que Dios te priva, que Dios te despoja de algo que necesitabas. El estudio confronta esa lectura con dureza: el Señor no roba nada. No mata ni destruye a quienes ama. No priva a sus hijos como si jugara una broma cruel.
Lo que sí hace es tocar las áreas donde confiamos en algo más que en Él. Y cuando esas áreas duelen, cuando sientes que te arranca algo, la pregunta real es: ¿en qué estabas confiando antes de que eso desapareciera?
El quebrantamiento revela la respuesta. Siempre.
El tercer obstáculo: tu respuesta
El estudio cierra con un señalamiento que no da margen a la víctima cómoda: nosotros decidimos el resultado de nuestro quebrantamiento.
Puedes responder con ira. Con amargura. Puedes culpar a las personas que, en tu lectura, causaron el dolor. Tienes libertad para hacerlo. El libre albedrío no desaparece en el proceso de quebrantamiento. Pero si esa es la respuesta que eliges, los frutos de ese proceso, la madurez, la paz, el gozo, se quedan sin cosechar.
Rendirse no es perder. El estudio usa la imagen del caballo amansado: un animal que sigue siendo fuerte, rápido, con voluntad propia. Lo que pierde al ser quebrantado no es la vitalidad, sino la independencia. Y esa pérdida específica es lo que lo hace útil para su jinete.
La analogía aplica con la misma lógica para quien sigue a Cristo. El quebrantamiento no apaga tu personalidad ni disuelve tu carácter. Somete tu voluntad a una más grande que la tuya. Y desde esa sujeción, puedes obedecer sin negociar, sin poner objeciones, sin buscar a quién culpar.
Para cerrar
El Señor no entra a empujones en las áreas que guardas. Pero tampoco las ignora. Su deseo, dice el estudio, es que vivamos en total dependencia de Él. No como esclavos sin criterio, sino como hijos que confían en que el Padre sabe más que ellos sobre lo que necesitan.
La pregunta que queda después de leer este estudio no es teológica. Es personal:
¿Qué área sigues guardando bajo llave, esperando que Él no la encuentre?
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